Vicky Malasaña

Descubrir las ciudades, es explorarlas sin saber muy bien con qué finalidad, disfrutar del placer que da encontrar la belleza entre las calles, sus edificios pintados, sus ventanales, sus tejados, o pequeños detalles como las farolas y los árboles que las adornan en las distintas estaciones del año, y claro la gente que les da vida, gente que pasó por ella, que son intrusos o que la habitan ahora y le dan ese carácter.

Hay quien después de años viviendo en una ciudad apenas la conoce, ignora la existencia de un pequeño parque cercano, de un mirador silencioso, de pequeñas casas del pasado donde aún cuelgan la ropa en la calle.

Caminar por Malasaña es navegar a derrelicto, observar todo aquello que te sorprende y no esperar llegar a un destino. Solo caminar y disfrutar.

 Aquí conviven el pueblo que fue Madrid y los locales más modernos del país. Malasaña, antes barrio de Maravillas, siempre ha sido pionera; Malasaña fue la heroína revolucionaria que murió contra los franceses, el refugio familiar del bandolero Luis Candelas, el reflejo del barrio Latino de París, el lugar donde los poetas del 98 se reunían en la calle Madera 55 y 22 en la casa de Luis Rua, un mecenas que organizaba tertulias a las que acudían Rubén Darío, Valle Inclán, o Ramiro de Maeztu. Donde vivió el amor enamorado de Antonio Machado con su Leonor bella, Corredera Baja de San Pablo 20.Y así ha seguido hasta el siglo pasado, con otras heroínas que mataban a los jóvenes en las calles próximas a Gran Vía, con La Movida Madrileña en locales cutres con sofás de escay que hoy son leyenda, y tascas con croquetas donde se retrataron para todo el mundo los U2, tabernas de los otros bandoleros. Hoy, Malasaña sigue siendo un barrio pueblo, un refugio inspirador para poetas y artistas que llegan de todas las ciudades y de todos los países y religiones, una isla en el archipiélago que forma con Chueca, o Conde Duque, en la que habitan en calma los que viven allí entre balcones con geranios y barrotes de forja, y los que nos acercamos a inhalar algo que no sabemos que es pero que le hace a uno sentirse bien y desear volver, disfrutar de su locales, y de la evocación de casas de escasa altura tan cerca de los edificios altos de la Gran Vía.En Malasaña habitan las tendencias europeas de pequeños comercios, cafeterías iluminadas con luces de filamentos que pintan de amarillo su espacio, cosas hechas a mano, y oficios antiguos en desuso: una droguería con desatascadores y colonias de litro que se venden también a granel, una pequeña calle entera dedicada a vender tulipas de lámparas pasadas de moda, bares con barras de níquel y azulejos de los sesenta, fruterias y colmados.Y otros modernos que conservan el nombre de lo que fueron: restaurante la Pescadería, farmacias revestidas de azulejos anunciando fórmulas magistrales, escaparates de alpargatas, heladerías de invierno, cafés abiertos a la calle, coctelerías en los áticos, restaurantes como las antiguas casas de comidas, bajos que son despachos de diseñadores, talleres de artistas, teatros disruptivos, colegios profesionales remodelados con gusto y llenos de vida, polideportivos públicos entre calles abigarradas que tienen la piscina en los tejados, iglesias progres y eficaces con sacerdotes en los que uno cree, y librerías de Tipos Infames donde te puedes tomar un vino.Hay un Malasaña de a diario, de singles que vinieron buscando la poesía al abrir la ventana, el arte propio y de los otros, estar en el centro y en la pomada, vivir un Madrid de verdad que realmente no existe. Y lo han hecho existir, siendo ahora parejas que llevan a sus hijos a guarderías que aún son conventos, cogiendo el metro o un pequeño autobús eléctrico en un barrio pensado para carros y caballos, haciendo deporte en lugares insospechados, y entrando y saliendo del barrio para ir a un trabajo convencional.Caminando por las calles menos conocidas de este barrio de Maravillas, sorteé una pizarra sobre la acera estrecha de la calle Minas que anunciaba cortes de pelo y arreglos de barba a precios populares, y entré claro, después de asomarme sigiloso para ver su interior.

 La calle Minas, aunque cueste creerlo, fue un lugar donde se encontraban explotaciones mineras antes de que la ciudad la alcanzara, acabando con una pequeña ribera por donde discurría el arroyo de Matalobos, cercano a un bosque con nombre de cuento, el bosque de Amaniel.Aún no se porqué el diseño de su local está inspirado en la Ruta 66, en el mundo de las motos, en un surtidor americano de gasolina, será porque viene y va cada día en una Harley, con una chupa de cuero y pantalones vaqueros ajustados.Algunas barberías se han convertido en sitios de moda donde encontrar cita no es fácil y para hacerlo tienes que demostrar que estás a la altura de su alto prestigio estético . Vicky, la barbera de la Calle Minas nada tiene que ver con ese pijismo.

Antes de sentarme, disfruto observando sus dedos mojados entre el pelo de una cabeza que permanece apoyada para que lo afeiten. Vicky tiene rasgos felinos y dedos suaves, y mientras acaricia con cuidado el pelo de otro cliente, recreo en mi cabeza el tacto de sus manos.

 Lo afeita con cuidado, estirando la piel para deslizar la navaja sin obstáculos como una tabla por el suelo mojado, repasando pequeñas imperfecciones, masajeando la cara y perfumándola, resarciendo con bálsamo una piel recién acuchillada.

Mujer Buñuel que raja en su cine el ojo que mira a la cámara.En Malasaña, me dice, conviven modernos con gente mayor de toda la vida. Desde la ventana veo en la esquina de la calle Pizarro la escuela de filosofía donde he pasado algunas tardes durante 8 semanas conociendo qué es eso del Mindfulnes, que ahora sé que pacificará este mundo en el que enloquecemos, y el de cada uno en su intimidad.

Vicky disfruta con su trabajo, le gusta lo que hace; se siente libre en este local de 20 metros en el que sin embargo habita el mundo. No dejo de conocer gente, gente de todos los países y eso me encanta, y me encanta aprender de lo que me cuentan.Viaja viaja y viaja sin parar. Mi descanso es planear el viaje, ver las opciones, imaginar lo que voy a hacer allí, ir de Alemania a Croacia y volver, volar la semana siguiente a Grecia.

 Vicky posee al mirar toda la fuerza, y una sensualidad atrayente de la que hay que aprender a desprenderse para poder ser un sincero amigo.

 Me asomé un día, y entré, y ya no he dejado de volver. Vicky es de las vecinas que no viven en el barrio, de las modernas que fabrican fachadas de hipster en las caras de los chicos.

Y camino Minas abajo pensando cómo apareció Vicky en Malasaña, por qué abrió aquí su negocio, qué valiente al hacerlo, si habrá cambiado mucho su oficio de barbero a lo largo del tiempo, qué será lo más importante para ella durante el día, cómo soportará sola tantas horas sin interrupción; quizás pensando en sus sueños.Los prunos y sus flores en primavera serán musa para un barrio que es solo un poema, el que se compone con el nombre de sus calles

Molino de viento,

Tesoro,

Pozas,

Limón,

Pez,

Luna,

Flor Alta,

Desengaño,

Comendadoras,

y Libreros…

Texto: Florentino Arija

Fotografías: Carolina Lobo

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